La tranquilidad da perspectiva.

Permite caminar y contar los árboles.

Desde esta actitud privilegiada, las cosas, las personas, la vida, van cobrando su sentido y el espacio que las corresponde, tiñéndose de color para dejar los blancos y negros.
A veces, la tranquilidad viene con la madurez, después de una experiencia con impacto o se busca por necesidad…
Cuando intervienes educativamente con adolescentes en conflicto con la justicia, el concepto y actitud de tranquilidad es difícil de trabajar, pero necesario. Ellos la entienden como una pérdida de tiempo. Piensan que encontrarse en un centro donde tienen que rendir cuentas con la medida judicial por la que ingresaron, supone perder parte de su vida, sin darse cuenta que antes de entrar, ya la habían perdido -al menos en parte-.
Desde mi experiencia, este es uno de los puntos de arranque de su intervención educativa, comprender el concepto y actitud de la tranquilidad con el objetivo de dar sentido a ese tiempo y tomarlo como una OPORTUNIDAD DE CAMBIO. No es tarea fácil, nada fácil que lleguen a esta conclusión y, cuando lo hacen, les resulta igual de difícil seguir caminando,  y contar los árboles y caminar y contar a la vez.
Son chavales que han vivido a través de impulsos, sin obedecer a ningún ritmo de tiempo y a veces, sin espacios. Sin caminar, solo correr a un ritmo vertiginoso, ¡qué más da dónde vayan, con quién acompañados! el caso es salir corriendo y cuanto más rápido mejor. La vista no la enfocan ni hacia delante ni hacia atrás, más bien no ven.
Por eso, cuando una se dedica a acompañar a chavales y chavalas de son vertiginoso, intenta desde el principio, caminar desde la tranquilidad, para que empiecen a contar los árboles según van echando cada uno de sus pasos y siempre respetando su ritmo.
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