Me prometiste tantas veces que volverías pronto, que fui capaz de inventarte y criarme con ese dibujo pintado por mí misma. Te pinté alegre y sonriente, feliz y juguetón y lleno de abrazos y besos con los que me despertabas cada mañana y sujetabas un cuento por las noches.

Recogía todos tus besos y caricias como una parte más de mi mismo. Conseguí entonces esbozar los límites de mi cuerpo dentro de un mundo que me resultó entendible, porque tú me ayudaste a sentir que tenía un sitio.

Odié con rencor todo lo que parecía feliz, nada de eso estaba hecho para mí, me lo enseñasteis, gracias a vuestros gritos y golpes que laceraban mi piel. La piel tiene memoria y graba de forma profunda las heridas que no acaban de cicatrizar nunca.

Me hice mayor esperando que algún día llegaría a conocerte. Envidiaba a mis amigos porque conocían a su padre y jugaban con él. En cambio yo, me obsesionaba poniéndote caras, gestos y sonidos. -¿me pareceré a ti?- pensaba. Y todas mis dudas se llenaban de secretos que nadie me ayudaba a descifrar. Me sentía culpable de algo que no lograba comprender, que no cabía en mi mente de chiquillo, ni tampoco ahora en la de adulto.

Me enseñaste que mi madre no era la mejor, a pesar de que sentía que me quería con locura, pero me utilizaste en tu beneficio. En vez de quererme como hacía ella, te dedicaste a malmeterme, a confundirme a hacerme pensar que nosotros éramos más especiales que ella y yo. Te equivocaste terriblemente, no sabes hasta qué punto, pero ahora siento que es tarde.

                Sobreviví a la edad adulta negando mis emociones por vergüenza propia. Sintiendo que era culpable de todo. LLorando por nada a escondidas.

A veces nuestro trabajo como educadores sociales que acompañan a adolescentes en conflicto con la justicia, nos permite comprender sus vidas y entender lo valiosa que puede llegar a ser una infancia sana. Con estas estrofas, he querido reflejar cómo la etapa infantil marcará para bien o mal, más o menos, la vida de adulto.

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