El silencio es reparador.

A veces las palabras ensordecen y, es mejor que guarde silencio, pero a tu lado.

A veces las palabras, no me dejan escucharte, por eso me callo y sigo a tu lado.

A veces las palabras, no liberan todo lo que quieres gritar, por eso te dejo llorar.

Te miro, y siento que debo guardar silencio y no pronunciar ninguna palabra, por muy precisa que sea, ni darte el consejo perfecto.

El silencio que educa, ocupa un espacio. Un espacio repleto de compañía, de apoyo, de gratitud, de incondicionalidad, de estar, de calma, de no sé qué pasará, pero ahora estoy aquí, a tu lado.

El silencio que educa, abraza, arropa, acoge. Ata fuerte toda la rabia, la desdicha, la impotencia, el dolor, el miedo… que puedes sentir en ese momento.

El silencio que educa es valiente, porque es capaz de mirarte a los ojos y sobrevivir a la incertidumbre de mis soluciones estériles.

Por eso, cuando solo utilizo las palabras para preguntarte si quieres que me vaya, me contestas con el eco de mi silencio.

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La intervención educativa con adolescentes está llena de momentos y situaciones en las que las palabras que podamos pronunciar cualquier educador y educadora carecen de total sentido y significado. El espacio que ocupa nuestro silencio y acompañamiento, lo dicen todo.

 

Dedico esta entrada a Alfonso quien la inspiró sin saberlo. También a todos los chavales y chavalas con los que he compartido y seguiré compartiendo, espacios de silencio.

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