Vuelvo a casa con el cansancio crecido en mi cuerpo. Hace días que no soy capaz de leer un libro, ni siquiera un pequeño texto. No logro conciliar el sueño porque me desvelo con facilidad. Mi sistema de valores se resquebraja, unas veces no entiendo nada y otras todo. En este devenir, me voy moviendo azarosa y torpe, donde mi pensar y sentir no encuentra sosiego. Les distancia una medida infinita como si fueran dos polos opuestos. El espacio que la habita está lleno de decisiones, dudas, preguntas, reflexiones, sentires, pareceres, decepciones y… ¡qué se yo, que más lleva dentro!. Lo urgente se enfrenta a lo importante. La pereza no oye a la excesiva burocracia. La razón, no entiende al protocolo. Mi historia de vida roza tangencialmente con la del adolescente que acompaño. La impotencia ante un caso crónico me llena de rabia.

Por fin me paro. Entonces sé que ha llegado el momento de refugiarme. Solo depende de mí hacerlo. Puedo dejar acompañarme por alguien, pero sin saberlo. No cuento nada, ando en el sigiloso silencio de mi secreto. Siento como el aire de repente perfila mi cuerpo, respiro, soy consciente.

Emprendo un viaje que me traiga de regreso. Cogiendo aliento yendo de refugio en refugio…

… Caminar por la montaña, conversar con mis amigas, ver el mar, leer un buen libro, ver una buena película en el cine, reír con mi sobrino, contemplar el mar, sentarme apoyada en el tronco de un árbol y contemplar desde la altura un paisaje, tu mano cogida de la mía, hacer una ruta con la bici, viajar, comer en familia, oír el silencio, escuchar las bandas sonoras de mi vida, escribir, mirarte…

En el fondo reconozco que todas las experiencias vividas están llenas de verdad y sabiduría, de aprendizajes nuevos.

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